PRUEBAS ANTERIORES
Opel Zafira GLP
Octubre 2007
Noviembre 2007
Diciembre 2007
Enero 2008
Febrero 2008
Abril 2008
Mayo 2008
Junio 2008
Julio 2008
Agosto 2008
Septiembre 2008
Octubre 2008
Noviembre 2008
Enero 2009
Febrero 2009
Marzo 2009
Abril 2009
Mayo 2009
Junio 2009
Julio 2009
Agosto 2009
Septiembre 2009
Octubre 2009
Noviembre 2009
Diciembre 2009
Enero 2010
Febrero 2010
Marzo 2010
Abril 2010
Mayo 2010
Junio 2010
Julio 2010
Agosto 2010
Septiembre 2010
Octubre 2010
Noviembre 2010
Diciembre 2010
Enero 2011
Febrero 2011
Marzo 2011
Abril 2011
Mayo 2011
Junio 2011
Julio 2011
Agosto 2011
Septiembre 2011
Octubre 2011
Noviembre 2011
Diciembre 2011
Enero 2012
Febrero 2012
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
MERCEDES SLR 722 -650CV-
UNO DE DOS
Ante sus ojos, la máxima expresión de la tecnología automovilística concentrada en un modelo de calle. Sólo hay dos en España, el de nuestra prueba y el de Fernando Alonso.



No es un Miguel Ángel, pero merece un lugar en la historia de la belleza aunque no haya cumplido la edad exigida para entrar en un museo. Es el coche para uso diario tecnológicamente más avanzado del mercado y ese es su mérito y su contribución a la épica del automóvil. Su nombre y su apellido quizá les suenen por mérito de Fernando Alonso, por cierto, poseedor del otro de los dos únicos SLR McLaren 722 Edition existentes en España.
El que ilustra estas páginas ha habido que ir a buscarlo al Valle de Arán, albergado en el garaje-salón de un gentleman driver que disfruta, como un exquisto coleccionista de arte, del placer de la posesión de uno de los Gran Turismo más sofisticados del planeta.
Tecnología aeronáutica y espacial, ingeniería con el sello de la Fórmula 1 y diseño evocador de las “flechas de plata” de Mercedes, son los componentes del combinado Mercedes-Benz SLR McLaren, que en esta edición singular recibe el polvo de estrellas de la Mile Miglia italiana para ser transformado en único bajo la grafía 722, el dorsal de aquella flecha que ganó en 1955 la mítica prueba italiana de resistencia.
El “glamour” tecnológico del SLR ha sido llevado al éxtasis en el 722 con la modificación de más de 300 componentes, un adelgazamiento del peso en 44 kilogramos, más velocidad punta y hasta dos décimas menos en aceleración, colocándole aproximadamente un segundo más lento que un Fórmula Uno. Éstos son los exclusivos argumentos diferenciadores de un deportivo de Gran Turismo de pura sangre, al que es difícil exprimirle todo su jugo, salvo riesgo de caer en las garras penales de la DGT y de sus franquiciados. Sólo queda acudir a una de las citas de su selecto Club para rodar a placer en circuito cerrado.
Javier, con auténtica pulsión de “collectioniste connaisseur” nos dice que poseerlo es su mayor emoción. Tener la certeza de que ese objeto sublime es tuyo y que te puedes deleitar en silencio, a su lado, reposando la mirada sin prisa, por sus curvas y aristas. En este caso, la forma tallada del McLaren, con incuestionables raíces en los bólidos de la F1, no es su única virtud, porque como máquina de ingeniería atesora bajo su voluptuoso cuerpo las últimas tecnologías de los coches de carreras, en este caso puestas a rodar sobre asfaltos más domésticos.

Lejos de lo común. En el SLR 722 nada es corriente. Nace de una peculiar estructura central que da forma a un chasis construido en fibra de carbono, como casi todo lo demás en el deportivo. En algunas zonas se deja ver, bajo un cuidado esmaltado o sencillo pulido, el entrelazado de las fibras, que en el resto del cuerpo queda oculto bajo la exclusiva tonalidad gris que caracteriza a esta 722 Edition.

Ver desnudo y despiezado el SLR es un espectáculo que sólo se dio una vez en el Salón del Automóvil de Francfort de la edición 2003. El despiece desveló entonces el extraordinario nivel de ingeniería aplicada a cada pieza por muy pequeña que fuese, con una distribución muy natural de todos los módulos que integran el coche, alrededor de una estructura central que en la utilización dinámica del deportivo muestra una consistencia que facilita la conducción muy extrema, la que permite los 650 caballos de su V8 de factura AMG, también construido a mano como el resto del coche, y los deseos de su conductor de sentir todo su poder.
Admiración, exclamaciones y caras boquiabiertas, son las reacciones ante la visión del motor, al que se accede a través de un complejo sistema de bisagras del capó delantero, que queda en posición casi vertical dejando al desvelado el impresionante V8, el no menos aparatoso sistema de admisión, cuya entrada de aire está conducida a través de la estrella Mercedes del morro y los dos silenciosos laterales que guardan sendos catalizadores, antes de dar la salida de gases a ambos costados a través, en cada lado, de dos tubos de escape cromados situados justo debajo de las aletas laterales de aireación del propulsor.
El motor está colocado en posición central, por detrás del eje delantero y es la menor porción de todo lo que se ve con la mecánica al descubierto, pues es la admisión la que ocupa la mayor parte de la cuna. El V8 ha sido tonificado por la Affalterbacher Motoren-Gesellschaft (AMG), división deportiva de Mercedes-Benz, cuyos ingenieros se han basado en el mismo propulsor utilizado en las berlinas de altas prestaciones de la compañía de la estrella. Los 626 CV del SLR convencional han sido subidos a 650 en el 722.

Sensaciones en cascada. La conducción del SLR es una experiencia difícil de olvidar, incluso para quienes están acostumbrados a guiar máquinas de potencias similares. La puesta en marcha, mediante pulsador, nos trae un suave rugido que está afinado por los escapes de corto recorrido. El motor espera con ese suave ronroneo las órdenes de la transmisión automática de cinco velocidades que es la mala nota a tanto buen hacer volcado por McLaren y Mercedes en este GT.
La transmisión, con convertidor de par, tiene un resbalamiento exagerado y poco acorde con la deportividad y potencia del SLR y más aún sabiéndonos en una edición especial, más ligera y cercana al suelo (1 centímetro) y más dura de suspensión que la versión de serie. El conjunto automático permite, mediante la manipulación de una rueda en el tablero central, tres modos de utilización –Confort, Sport y Manual- y en ninguno de ellos se logra el tono que demandan 650 CV.
Primera, acelerón y salida de disparo. La maniobra hay que hacerla con las ruedas bien rectas porque, de lo contrario, protestará con movimientos de la parte trasera, a pesar de ir muy amarrada, básicamente gracias a la electrónica.
La velocidad se desencadena de forma vertiginosa y la espalda queda succionada por el respaldo del asiento queriendo atravesarlo. Impresiona la sensación de conseguir velocidad con la intensidad de un F1. Llegamos a la quinta y la velocidad es de vértigo. No podemos mirar el velocímetro porque hay que parar a la bestia para dibujar la primera curva. Los frenos contrarrestan la holganza de la caja automática en el momento de pedirle reducciones para que el motor nos ayude. La potencia de frenada es brutal y mejora a medida que se calientan los discos cerámicos. Es una grata sensación demorar el coche ante una curva muy lenta en la que nos desconcierta las dimensiones del morro y el nerviosismo que ello introduce en la dirección del tren delantero.
Hay que tener cuidado, porque es obligado trazar muy bien con la parte delantera, antes de meter la trasera en el dibujo de la curva, con una dosificación constante del gas, pero muy medida para evitar el terrible latigazo de la cola en estos coches de tanto carácter. Es inevitable que se nos mueva ligeramente de la trasera, pero el coche, a la leve insinuación, corrige. Una delicia, a pesar de exigir mucha atención y un puñado de kilómetros para familiarizarse con la fuerte personalidad de la flecha 722.

Sublime encuentro con un coche que ya ha entrado en el parnaso glorioso del mito automovilístico.