SUZUKI SPLASH 1.2 GLS -86CV-
MENUDO FAMILIAR  
Vestido con un ropaje fresco y juvenil, el nuevo utilitario de Suzuki sorprende por su buena habitabilidad interior y por un pequeño motor de desarrollo propio y buen rendimiento. La plataforma derivada del Swift hace el resto para completar un conjunto interesante para las pequeñas familias.
 



El Splash completa la nueva cara de Suzuki, más orientada al mercado europeo, y rememora el modelo Wagon R+, en su momento pionero de los de los monovolúmenes más menudos.
Explota el lado más juvenil de aquel concepto, dejando atrás su aspecto de formas cuadradas y apostando por un diseño más actual y atractivo. Estéticamente son pocas las diferencias con su hermano Opel Agila, y es que ambos han sido desarrollados a la par compartiendo motores (el diésel es de origen Fiat y los dos gasolina de Suzuki) y plataforma. Aquí se ha echado mano de un chasis contrastado como el del Swift que, a la postre, es el responsable del buen comportamiento del nuevo minimonovolumen japonés.

Eso sí, el Splash mejora claramente la ya correcta habitabilidad de su compañero de marca gracias a una carrocería elevada al estilo de los monovolúmenes superiores. Condición que repercute en una altura aprovechable en el interior digna de mención, incluso para las tallas más altas. Por otro lado, la buena luminosidad interior acrecienta esa sensación de amplitud, generosa para un vehículo de 3,7 metros de longitud.
Sin apreturas por tanto para las plazas anteriores como posteriores, el aspecto más crítico es el maletero. En este caso es más reducido que en el Swift (éste 213 litros por sólo 202 del Splash). Además, la impresión al abrir el portón es decepcionante, puesto que hay que descubrir el doble fondo que existe bajo el piso para realmente encontrar esos 202 litros. Para poder transportar una carga mayor deberemos abatir asimétricamente el respaldo trasero. Lo bueno en este caso, es que la banqueta también baja al reclinar el respaldo, con lo que queda una superficie plana bastante aprovechable de 1.20 metros de largo.
Como suele predominar en estos segmentos pequeños, el volante carece de regulación en profundidad, pero gracias a que se puede jugar mucho con la altura del asiento la postura es buena. Además, la disposición de la palanca de cambios elevada y cercana al conductor es un acierto.
Destacamos un interior bien resuelto con elementos juveniles como el gran reloj central de fondo blanco y el cuentarrevoluciones separado. Dentro del primero se aglutina toda la información de forma correcta, pero la pantalla digital del ordenador de a bordo y de la gasolina es pequeña, sobre todo la de ésta última que se lee con dificultad. Otro detalle a criticar es que para actuar sobre el ordenador, hay que accionar un pulsador pasando la mano por dentro o por detrás del volante, algo mejor evitar una vez circulando.
Los huecos para transportar pequeños objetos dentro del habitáculo son suficientes, sin alardes, los que hay están bien aprovechados como por ejemplo el compartimento central sobre el salpicadero con tapa.

Urbano y más. La vocación urbana de estos automóviles se sobreentiende. Por eso no sorprende que, callejeando, el Splash muestre sus mejores virtudes: ágil y manejable no sólo por su compacto tamaño, sino también por un motor alegre y muy elástico de 86 buenos caballos. El menudo 1.2 de gasolina desarrollado por Suzuki ha sido todo un descubrimiento. Su rendimiento superó nuestras expectativas y su agrado de funcionamiento es otra de sus características más reseñables. Vibra poco, se mantiene silencioso a velocidades mantenidas y su consumo es reducido.
En carretera y autovía solventa sin problemas los desplazamientos de media y larga distancia, pues a velocidades de viaje cercanas o superiores a 120 km/h es capaz de moverse como cualquier otro, todavía con poco ruido y consumo moderado. Y todo ello con comodidad para sus ocupantes.
A pesar de la buena elasticidad de esta mecánica, el continuo uso del cambio -de tacto muy grato y preciso aunque en ocasiones algo duro- será un elemento indispensable para hacer frente al desnivel de la calzada, y mucho más para adelantar. Al menos el motor gira con alegría y permite estirar hasta las 6.500 rpm todavía con fuerza utilizable. Mal acostumbrados a la fiebre diésel, no hay que preocuparse por llevar el motor por encima de las 4.000 vueltas, sin duda donde empieza lo mejor de este motor.
La estabilidad es la adecuada en una conducción normal, merced al buen trabajo de las suspensiones. La generosa altura de carrocería genera acusados balanceos en curva. Si se desmanda, el ESP está alerta para solventar una pérdida de la trayectoria, si bien este elemento es opción en toda la gama. Pese a la confianza que transmite, incluso sin él, el control de estabilidad será de gran ayuda en los cambios de apoyo más rápidos, momento en donde el Splash es más delicado.
Dinámicamente, sólo pediríamos una dirección con mayor rapidez de respuesta, especialmente en un ambiente urbano. La capacidad de frenada está encomendada a un equipo de discos delanteros y tambores traseros; tenemos buen tacto, y una potencia acorde con el tipo de conducción de un minimonovolumen.

La economía del gasolina. Ante al alto precio del gasóleo, y teniendo en cuenta el ahorro en torno a 1.000 euros que nos supone el Splash probado respecto a la variante diésel, la elección parece más clara. Con ese buen puñado de euros que nos ahorramos se pueden hacer muchos kilómetros y por rendimiento, el moderno 1.2 de Suzuki ha demostrado estar a un gran nivel. Como rival más directo, está su hermano de Opel, el Agila, el mismo coche bajo otra cara y marca, y ligeras diferencias de equipamiento.
En este sentido el Splash no tiene lagunas importantes. La versión GLS analizada, la tope de gama, cumple en todos los apartados. Eso sí, las opciones son escasas pero a tener en cuenta, como el ESP o los airbags de cortina delante y detrás.