La paternidad del “boom” de los todo terreno en España hay que atribuirsela a Jeep, que es en América lo que Land Rover para Europa. Esta firma del grupo Chrysler, ahora en la órbita de Fiat Auto Group, desembarcó en los años 80 con el Cherokee y llegó a erigirse en moda, tanto entre los hombres como las mujeres de las grandes ciudades. Nacido allá por los años 60, ha ido evolucionando para adaparse a la progresión de necesidades, para adecuarse a un uso más “asfáltico”, pero nunca ha renunciado a los atributos con que nació: sus dotes para defenderse en caminos y campo abierto con la misma soltura que aquí, en Europa, lo hacía y hace el Land Rover Defender.
En 2008 vió la luz la actual generación del Cherokee, recuperando parte del estilo de diseño que le hizo popular en nuestras calles y carreteras cuando era Renault la importadora para España. Unos trazos muy lineales y la legendaria calandra con las seis aberturas verticales que Jeep estrenó en el archiconocido 4x4 que el ejército americano popularizó. En los tiempos que corren, en los que el aluvión de 4x4 compactos multiplica la oferta disponible, el Cherokee se posiciona, con sus 4,5 metros de largo, como la alternativa más abocada a aun uso campero extremo, colocándose por encima de sus hermanos Compass y Patriot.
El interior, como es lógico, se ha ido adaptando a las nuevas tendencias de diseño, aun conservando unos detalles genuinamente americanos. Mezcla cosas buenas y cosas malas. Desde los acertados tiradores de las puertas, que recuerdan a algunos modelos de la marca de la estrella, la cantidad de huecos disponibles para dejar pequeños objetos -los portabotes que hay entre las plazas traseras impiden que un quinto ocupante viaje con plena comodidad-, etc. con fallos en la terminación que no deberían tolerase en un coche que roza los cinco millones de las viejas pesetas, con plásticos mal rematados, guarnecidos mal acabados... Pero para un coche que nació con un fin casi de herramienta de trabajo, podría ser hasta perdonable.
Adaptado al asfalto. El Cherokee ya es capaz de rodar sobre autovías con el confort de un SUV tipo Qashqai, pero no es menos cierto que la blanda amortiguación y los rebotes del eje trasero restan confianza al afrontar tramos virados. Eso sí, en campo, gracias a su sistema de tracción total conectable y con reductora Select Trac-II, es imbatible. El motor que lo impulsa, con sus 177 caballos, lo mueve con soltura de sobra, pero se echa de menos una mejor insonorización. Del mismo modo, se añora el cambio automático del Limited, pues el manual es áspero y metálico al tacto.
En el capítulo en el que ha ganado muchos enteros es en el de equipamiento: dispone de un ABS capaz de interpretar el tipo de superficie para adaptar la frenada; de control de descenso y de arranque en rampa; control de estabilidad con función antivuelco y de estabilización para remolque. Pero quienes se planteen personalizar el Cherokee Sport a su antojo, se van a encontrar con una dotación rígidamente establecida y que sólo permite optar a la pintura metalizada en el capítulo de “extras”. Es lo que tiene la decisión por un coche que, aun siendo incialmente una herramienta de trabajo, se ha modernizado con limitaciones.
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