Mercedes-Benz sigue manteniendo en su catálogo un todoterreno como los de antes. El Clase G, con casi 30 años a sus espaldas, no ha sucumbido ante la llegada de otros productos de la propia casa como el ML, GL, o el más reciente GLK, mucho más asfálticos y destinados a un púiblico que, en general, poco van a pisar el campo. Para los otros usuarios, es decir, para los que les gusta explotar al máximo las cualidades camperas de su vehículo, el clase G es un objeto de culto, tanto por precio elitista como por su tremenda efectividad. Un mito que también se ha forjado con sus victorias en el París-Dakar.
Dominante. En todos estos años, su estética “cuadrada” y musculosa se ha mantenido sin cambios significativos. Irradia robustez se mire por donde se mire. Desde el elevado puesto de conducción se acrecienta esa sensación de superioridad, sin menoscabo de un confort de marcha prácticamente al nivel de sus hermanos. Su carrocería elevada y cuadriforme genera ruidos aerodinámicos acusados cuando se eleva el ritmo y también es responsable de su “escasa” velocidad máxima, pero dentro nos ofrece una buena sensación de espacio. No hay que olvidar que el G parece más grande de lo que es; un ML es, por ejemplo, 12 cm. más largo y 15 cm. más ancho. Como apunte negativo, el cockpit queda demasiado pegado a la puerta, y en alguna maniobra brusca podemos golpearla con el codo.
A pesar de su concepción campera, el Clase G se ha ido actualizando con la incorporación de elementos traídos de sus hermanos 4x4. Así, el interior cuenta con materiales de calidad, si bien en este caso la sensación de lujo se tiñe de un aspecto digamos más de batalla. Como vehículo exclusivo el equipamiento es bastante completo, aunque por lo que vale ya podría montar de serie el navegador DVD, la pintura metalizada o la tapicería de piel.
Poder electrónico. El Clase G es fiel a su chasis de largueros y travesaños, y a sus ejes rígidos. Pero la llegada de la electrónica ha posibilitado un mejor aprovechamiento de sus diferenciales bloqueables. El sistema electrónico de tracción a las cuatro ruedas, el control de estabilidad que incluye ABS, control de tracción y asistente a la frenada de emergencia, el excelente cambio automático 7-G Tronic... son elementos que facilitan enormemente el acceso al campo. Y todo ello se complementa con hasta tres bloqueos de diferencial -basta con accionar los botones situados en lo alto de la consola central- y la reductora -también por pulsador-.
Con estas ayudas el Clase G se sube literalmente por las paredes; donde otros se quedan, éste no pierde tracción, y sus cortos voladizos le permiten salir airoso sin castigar los bajos del vehículo. Lo más sorprendente de todo es que en carretera, siendo un coche lento de reacciones por su elevado centro de gravedad y sus dos toneladas y media de peso, aún se defiende con dignidad, sobre todo en vías rápidas donde muestra un gran aplomo y un confort muy bueno.
Para explotar todo su potencial, el Clase G necesita un motor potente. Pero si no queremos dejarnos buena parte de nuestro sueldo cada vez que repostemos, el 320 CDI incorporado desde 2006 -y conocido en otros modelos de la marca- es la única alternativa diésel de la gama y una opción muy recomendable para reducir el desorbitado consumo de los V8 gasolina. El ahorro es importante, aunque en nuestra prueba apenas bajamos de 12 litros en algún momento. En cualquier caso, por rendimiento no tiene nada que envidiarles, y es más, al G 500 con su V8 atmosférico le bate en muchas mediciones.
En definitiva, el G320 CDI es la puerta de acceso a un producto campero de verdad, fabricado a la antigua usanza pero con el confort y la electrónica más actual. Su elevadísimo precio le convierte en un objeto de culto, casi prohibitivo, sin apenas rivales que le puedan hacer frente.