Los bolsillos más repletos, las fortunas más caprichosas y, los meires, visires y reyes deben tener uno de estos en su garaje. Y no por la novedad, sino porque está llamado a ser todo un superclase. En lo que no se ve lo es: recordemos que el R8 comparte con el Lamborghini Gallardo todos los elementos mecánicos, lo que nos indica que estamos ante un fuera de serie.
Que está entre los elegidos lo demuestra también su nivel de prestaciones. Dejémonos impresionar por los cuatro segundos de su cero a cien, por recorrer el kilómetro con salida desde parado en tan solo 22 segundos, y, conviene recordarlo, por ser de los pocos ‘audis’ que se saltan la autolimitación a 250 km/h alcanzando una velocidad máxima de 316 kilómetros. No es que vayamos a alcanzarla, pero un día alardeando con los amigos bien puede surgir el comentario...
Si el tema de prestaciones nos deja un poco fríos -imposible, pero bueno- conformémonos con saber que, además de tener unos de los coches más rápidos y exclusivos del mercado, estamos en posesión de uno de los más baratos a su nivel, comparado con el Ferrari, el Lamborghini o el novísimo Mercedes SLS (575 caballos y 196.000 euros).
Buena cintura. Si sólo con los cuatro aros no nos vale, veamos el Lamborghini que lleva dentro, pues el motor V10 en posición central trasera procede de Sant’Agata. Los 525 caballos que rinde este particular propulsor (peculiar por su número de cilindros, pues estamos más acostumbrados a los V8 o V12), se transmiten a través de la caja R-Tronic semiautomática, en la que la electrónica se encarga de simular que pisamos el embrague. Tiene seis marchas de cortos desarrollos -la sexta es de 37 km/h y busca un poco el desahogo mecánico para circular en autopista pensando sobre todo en las alemanas-, y su accionamiento es magnífico. Se puede manejar desde el mismo pomo del cambio o mediante las levas situadas tras el volante, con dos modos de funcionamiento, manual y automático. En el segundo, el ideal para los recorridos normales, funciona francamente bien, pero si deseamos ir deprisa lo mejor es pasar a modo manual, pues la caja deja sentir los pasos de marcha en nuestras cervicales. En modo manual también pasa, pero podemos limitar las sacudidas levantando ligeramente el pie del acelerador en cada operación de cambio de velocidad.
A pesar de la tracción a las cuatro ruedas, el contundente par y sobrada potencia que se transmiten a las ruedas permite que el coche sea algo más juguetón que la versión V8 de 4,2 litros y 420 caballos. Con el V10 se desliza algo más la trasera y en las arrancadas podemos notar cómo la zaga pretende cobrar protagonismo. El ESP no conviene desconectarlo, algo especialmente importante en mojado....
La dirección es otro de los puntos fuertes de este coche. A pesar de no ser muy rápida -es convencional con tres vueltas de volante- resulta muy transmisora e informadora y sobretodo obediente a las insinuaciones del volante. Merece la pena destacar que en todo momento mantiene el tacto, ni siquiera circulando a velocidades endiabladas pierde un ápice de sus cualidades aportando una indudable sensación de aplomo a la conducción.
Esa sensación de aplomo la encontramos en todo momento, pero sobre todo en los asfaltos rugosos o en las aceleraciones más brutales donde el R8 se mantiene como un coloso. En autopista por supuesto que no hace amago de maldad nunca, pero si salimos de ella tampoco. Solo encontramos buena respuesta y diversión sin tener que temer nada.
Me refiero a que las insinuaciones de la zaga se pueden hacer a golpe de gas sin miedo, que el ESP está atento a cortar los excesos. Vamos, que todo es de lo más fácil y asequible para cualquier conductor. Pero tiene el punto de diversión que le faltaba al de ocho cilindros, al que descolgar la zaga le costaba. Unos pocos caballos más (los 105 que aporta el V10) y otro poco de par y ya se puede jugar...
Pero no todo está pensado para los que les gusta ir de “carreritas”. El R8 V10 tiene un compromiso casi perfecto de suspensión, no es malicioso con el acompañante, que también lo disfruta, y no le falta firmeza. De hecho, no echaremos en falta un tarado más duro en cualquier situación de conducción.
No es algo en lo que su comprador se vaya a fijar o basar la decisión de compra, pero el equipamiento de esta versión se podría haber completado con dos cosillas para rematar su atractivo. Ahora bien, sólo con cómo suena el motor, el disfrute que se obtiene de la conducción del R8 y, por supuesto, de la imagen poderosa y cautivadora se compensan las dudas que puedan surgir.