La opción de un modelo propulsado por un motor de gasolina de dos litros y 150 caballos de potencia no parece a priori la más compatible con los deseos de ahorro de combustible que en estos tiempos de crisis se agudizan entre las prioridades de los potenciales compradores.
Pero como en la vida misma, no todo es blanco y negro y cada circunstancia tiene sus matices. En el caso del automóvil, la tecnología ha venido a echar una mano a los propulsores de gasolina con el desarrollo de sistemas de parada y arranque automáticos, conocidos como Stop&Start.
En el segmento compacto, el de mayor tirón en España, esta tecnología debutó a bordo de la Serie 1 de BMW y ahora ha encontrado un segundo anfitrión en el Mazda3, aunque exclusivamente en las versiones con el motor 2.0 DISI de inyección directa de gasolina, con 151 CV y cambio manual de 6 velocidades -hay otra versión de dos litros y 150 CV de inyección indirecta y caja automática de 5 etapas-.
Con este sistema, bautizado como i-stop por la firma nipona, conseguimos ahorrar carburante sólo cuando no nos movemos. Nos explicamos. Su utilidad está enfocada al uso urbano del vehículo, donde son habituales las paradas a causa de los semáforos o de las propias retenciones del tráfico. En estos momentos, con el coche totalmente parado y el cambio en punto muerto, el sistema se encarga automáticamente de parar el motor y volver a ponerlo en marcha una vez pisemos el embrague, de modo que no gasta gasolina al ralentí durante ese tiempo de parada. Su principipo de funcionamiento es similar al de los sistemas Stop&Start de otros modelos.
En la jungla de Madrid.
Para probar su efectividad en toda su plenitud y bajo circunstancias de máxima exigencia nos lanzamos a una ruta por el corazón de Madrid en una mañana de un día laborable buscando la máxima intensidad de tráfico posible. Y vaya si la encontramos.
Para completar el trayecto programado de 22,4 kilómetros empleamos nada menos que una hora y media, con un registro de velocidad media de 16 km/h, claros indicadores para intuir el número de paradas y el tiempo total en estático que tuvimos que soportar (en Madrid también tenemos el hándicap de las omnipresentes obras).
Con el i-stop activado en todo momento -a diferencia de otros modelos es desconectable- y practicando una conducción eficiente, esto es, cuidando los pisotones al acelerador y manteniendo los regímenes de giro entre 1.500 y 2.000 revoluciones, obtuvimos un consumo de 10,3 litros cada 100 kilómetros, una cifra muy respetable para un motor de estas características enfrentado a tal magnitud de tráfico, sólo un litro por encima del registro oficial de consumo urbano facilitado por la marca.
Repetimos la prueba pero ahora con el i-stop desconectado. El tráfico no da tregua, así que conseguimos de nuevo una media de velocidad de 16 km/h pero en esta ocasión el consumo se dispara hasta los 12 litros. Conclusión: con el ‘i-stop’ gastamos menos gasolina en ciudad y se confirman más o menos las estimaciones del 14% de ahorro urbano anunciado por Mazda.
Algunas consideraciones.
Al margen de la reducción del consumo, hay que valorar también otras circunstancias relativas a la conducción y derivadas del funcionamiento de esta tecnología. En primer lugar, advertir que el corte de ralentí en parado no entra en funcionamiento según qué casos: cuando una de las baterías tiene poca carga -lleva dos, la principal y una auxiliar para alimentar al i-stop-; si el motor está todavía en fase de calentamiento; cuando el climatizador está trabajando con intensidad; o si no llevamos puesto el cinturón de seguridad, entre otros motivos.
Por otra parte, ante una situación de paradas muy continuadas en poca distancia, la activación del sistema muestra un leve retardo y no para el motor de inmediato una vez que estamos detenidos y con punto muerto.
¿Un incordio tanta parada y arranque del motor? Sinceramente, no. Las operaciones derivadas de su funcionamiento se realizan con bastante suavidad, de modo que no deben suponer ninguna molestia para el conductor en cuanto al nivel de ruido o vibraciones que pueda percibir. Tampoco será un lastre de tiempo en las salidas desde parado, puesto que el dispositivo tarda sólo 0,35 segundos en arrancar el motor -la mitad que otros de la competencia, asegura Mazda-, justo para engranar la marcha y comenzar la marcha con total normalidad.
Muchos de ustedes habrán pensado que para contener el consumo, mejor una versión diésel y no tantas historias. Y puede que tengan toda la razón, pero no hay que olvidar que siempre hay conductores que se mantendrán fieles a la gasolina por corazón, y otros que haciendo muy pocos kilómetros al año se verán tentados por el bolsillo al comprobar que este modelo cuesta 1.200 euros menos que el diésel de 150 CV con el mismo acabado. En cualquier caso, Mazda le pronostica un 10% sobre el total de ventas de la gama 3.
Más allá del i-stop.
No seríamos justos si redujésemos las bondades de esta mecánica a su asociación con el i-stop. Cierto que respecto a los modernos motores turbo de gasolina el 2.0 DISI no ofrece esa sensación de empuje inmediato, pero salvada esta cuestión su rendimiento es notable y propicia una conducción muy agradable gracias a su predisposición al trabajo incluso desde bajos regímenes, lo que posibilitará que podamos circular relajadamente sin recurrir constantemente a su preciso cambio de seis velocidades.
Por lo demás, ya sabemos que es un modelo que marca diferencias por su chasis. Frente a otros rivales caracterizados por su sensación de aplomo y pisada de coche más grande, éste parece haberse quitado peso de encima para transmitir una sensación de liviandad y soltura en sus movimientos que en la práctica se traduce en una tremenda agilidad a la hora de encarar las curvas.
En la otra cara de la moneda encontramos una habitabilidad y una capacidad de maletero no acordes a sus generosas cotas exteriores, un borrón que no debería enturbiar el currículum de un modelo destacable por comportamiento, calidad de realización y por su empeño en procurar un ahorro en consumo a todos aquellos que siguen mostrando su fidelidad a los coches de gasolina.