La tercera generación del Impreza que ahora se pone a la venta en nuestro país supone un giro importante en la filosofía de Subaru. Mientras que sus dos antecesores se con virtieron en auténticos iconos del mundo de los rallies y asumieron el protagonismo en la forja de la imagen de marca del constructor japonés, el nuevo modelo destapa su lado más comercial en un intento de acercarse a un público mayoritario y, por ende, de elevar sustancialmente sus volúmenes de ventas.
Línea Comercial. El cambio más profundo a consecuencia de esta nueva concepción comercial del Impreza afecta a su carrocería. De los modelos sedán de cuatro puertas y las variantes familiares Sport Wagon se ha pasado a una única versión hatchback de cinco puertas, más vendible, pero al mismo tiempo menos personal que sus predecesoras.
Ha perdido parte de su encanto original y estéticamente su línea tampoco dice mucho, ya que apenas nos llama la atención la combinación trasera de faros con lentes transparentes y tecnología Led. Las estéticas agresivas quedan pues reservadas a las versiones WRX y WRX STI, aunque también podemos encontrar una cara más racing con la variante que traemos a estas p´´aginas, el 2.0R Sport.
Éste marca sus señas de identidad en el parachoques posterior deportivo, los spoilers laterales, las cubiertas de escape inoxidables y las llantas de 17’’ que se ofertan como opción; el interior, por su parte, acoge asientos deportivos y el acabado en piel para el volante y el pomo del cambio.
Compacto a lo grande. El Impreza de tercera generación queda enmarcado en la categoría de los compactos, pero sobresale ante la competencia por su generosísima longitud. Sus más de 4,41 metros de largo le llevan a superar en siete centímetros al Ford Focus, en trece al Audi A3 Sportback, o en nada menos que veintiuno al VW Golf.
Con esta base el Impreza se presenta como un coche funcional, agraciado con un habitáculo que desprende una gratificante sensación de amplitud y desahogo en todas sus cotas interiores, especialmente la altura hasta el techo, si bien cuatro será el número de ocupantes recomendado dada las limitaciones de la plaza central trasera.
Los asientos deportivos presentes en esta versión son de lo más equilibrado en tanto que aportan empaque al habitáculo, sujetan lateralmente al cuerpo con la firmeza justa, sin excesos, y otorgan el nivel de comodidad necesario como para afrontar largos desplazamientos sin ningún tipo de problema.
La concepción del interior anda muy en la línea habitual de Subaru. Diseño sin estridencias y pocas concesiones a la calidad de los materiales más allá de los plásticos duros que monopolizan el habitáculo, si bien los ajustes resultan de lo más acertado.
Señas de identidad. Aún con nueva cara, el Impreza mantiene intacta la combinación genética que tantas gratificaciones ofrece durante la conducción: motor bóxer de gasolina y tracción integral simétrica. Respecto al propulsor, se mantiene el bloque atmosférico de dos litros con distribución variable del modelo precedente, con diez caballos menos -ahora 150- pero algo más de par, así como otras modificaciones técnicas encaminadas a mejorar sus niveles de consumo y emisiones.
Se trata de un propulsor elástico que se despacha a gusto sobre las zonas más altas del cuentavueltas, donde otorga ese regusto de deportividad y el particular sonido de los cilindros b´´oxer que a buen seguro buscan todos aquellos clientes que se decantan por una marca tan peculiar como Subaru, aunque sea a costa de pagar una factura mayor en concepto de combustible.
En registros de revoluciones inferiores, su rendimiento no es tan notable pero tampoco merece críticas severas, ya que en los rangos más bajos no nos deja colgados y a medio régimen responde con corrección. Lo que sí echamos en falta es una velocidad más que ayude a exprimir todo el potencial del motor, una carencia que sigue tratando de compensar con unos desarrollos cortos y deportivos en su cambio de cinco velocidades, por cierto, de tacto y rapidez mejorables. Otro de los elementos que hace único al Impreza es su reductora, una ayuda de lo más útil en descensos pronunciados por puertos de montaña o circulando con remolques en acusadas rampas.
En cuanto a la tracción integral, es todo un valor de confianza. El sistema AWD, con reparto del par al 50 por ciento entre ambos ejes, funciona a las mil maravillas, minimizando las pérdidas de tracción y haciendo girar al coche en bloque, lo que ayudará a elevar la confianza y la seguridad del conductor hasta las más altas cotas.
El Impreza permite rápidos pasos por curva sin necesidad de forzar la rigidez de sus suspensiones, dotadas de un tarado muy equilibrado que igual que otorga un comportamiento de primer orden también garantiza un nivel óptimo de confort para los pasajeros. Para no dejar cabos sueltos, en esta tercera generación hace su aparición el sistema de control de tracción y estabilidad (VDC), de serie en esta versión Sport, completando la dotación de ayudas el asistente para arrancadas en pendientes.
Exclusivo; no en precio. El hecho de acceder a un modelo compacto rodeado de un halo de exclusividad, con un motor de 150 caballos, tracción total y reductora, no es sinónimo en este caso de desembolso desmesurado. Tratándose de la versión más equipada, y por tanto más cara entre la oferta no turboalimentada, los 25.900 euros que figuran en su PVP están todavía lejos de las cantidades exigidas por modelos equivalentes en potencia de Audi y BMW. También podemos decantarnos por acabados más básicos, buscando así precios más acordes a los marcados por modelos generalistas como el León, el Golf o el Focus.
Al margen del kit estético, el modelo Sport añade a la dotación estándar elementos como los faros de xenón, control de crucero, cargador frontal de seis CD’s y sistema de entrada inteligente (sin llave) y arranque por botón, pero también es cierto que presenta algunas lagunas de equipamiento, tanto de serie como opcional, al no poder disponer de elementos como los sensores de luces, lluvia y aparcamiento, el techo solar o una tapicería de piel, por citar algunos.