Casi han coincidido en el tiempo el lanzamiento comercial de esta nueva criatura de Jaguar con la compra de la emblemática firma británica por parte del gran grupo industrial indio Tata. Sin embargo, como ya sucedió cuando la firma del felino fue adquirida por Ford Motor Company a finales de los 80, la personalidad de sus modelos no deberá verse afectada por el cambio de propietarios.
Pasado y futuro. Sin embargo, sí es verdad que el nuevo XF supone un antes y un después en la trayectoria estilística de Jaguar. Desde que Ian Callum se ha ocupado de la dirección del departamento de diseño de la marca, este ex creador de los Aston Martin más bellos de los últimos tiempos ha impreso a los nuevos Jaguar un sello absolutamente distinto, que ha roto con los cánones tradicionales y quizás excesivamente clásicos de modelos tan presentes en nuestras pupilas como las berlinas S-Type y XJ. Si el deportivo XK ha marcó ese atisbo de cambio de rumbo, el XF ha venido para confirmarlo.
Los apasionados de los Jaguar de toda la vida deberán olvidar ese estilo que marcaron el legendario Mk-II de los años sesenta o los XJ que llegaron después. El XF es, tras el deportivo XK, la primera berlina realmente moderna de la marca.
Para los amantes de los coches el XF tiene claras reminiscencias de Aston Martin. En especial en la parte trasera, con una luneta tan inclinada como en el cupé XK, pero con unos grupos ópticos horizontales que recuerdan mucho a los que trazó Callum para el Aston DB9.
Sinceramente, para mí son la zaga y la vista lateral las partes más llamativas de la carrocería. Las pronunciadas aletas y, sobre todo, el marco de aluminio que circunda las ventanillas, le otorgan un cierto aspecto de cupé que marca la gran personalidad a este modelo británico. Por contra, el frontal descompensa el diseño, como si los responsables de sus trazos hubiesen comenzado a dibujarlo desde atrás y al llegar a la parte delantera ya estuviesen extenuados. Las nervaduras del capó le dan un toque de agresividad que pretende recuperar los trazos del XJ, pero, si la calandra es más o menos discutible, desde luego desde la subjetividad del gusto de cada uno, son los faros los que descompensan el conjunto. Son más propios de un coche asiático que de una elegante berlina europea.
Rival de muchos. El nuevo XF está adecuadamente dotado para combatir en una categoría que lidera el Mercedes E350 CGI, seguido de cerca por Audi A6 4.2 Quattro y BMW 540i, pero en la que también están desde un Volvo S80 V8 a un Lexus GS 450h.
Con sus 4,96 metros de longitud, es de los más grandes de su categoría. Es apenas ocho centímetros más corto que su hermano mayor, el XJ, lo que acentúa lo suntuoso de su carrocería.
Sin embargo, su interior es menos espacioso de lo que cabría esperar a la vista del tamaño exterior. Es uno de los grandes hándicaps que los Jaguar “atesoran” desde hace décadas. Las dos butacas delanteras garantizan el máximo confort por sus dimensiones y por detalles como los múltiples ajustes eléctricos, la calefacción e incluso la ventilación del respaldo, que es una opción para esta versión.
Sin embargo, como sucedía en el S-Type e incluso en el actual XJ, las plazas posteriores son simplemente razonables, salvo que los cuatro pasajeros midan menos de 1,80. Y es que el espacio para las piernas de los ocupantes de las dos plazas traseras -la central, más dura, y penalizada por el túnel de transmisión- resulta muy poco holgado.
Lo que sí es de resaltar es el volumen del maletero, 500 litros que pueden aumentarse hasta 540 en el caso del acabado Luxury, que lleva kit antipinchazos en lugar de rueda de repuesto.
Futurista. Al ocupar el puesto del conductor debemos olvidar la idea preconcebida de un Jaguar de los de toda la vida. Ya no hay llave de contacto. El XF reconoce el mando a distancia y el pulsador de arranque que hay junto al selector del cambio parpadea induciéndonos a poner el motor en marcha. Simultáneamente, emerge el moderno mando rotario que ha sustituido a la tradicional palanca con la guía en forma de “J”. Al girarlo a la posición Drive ya podemos ponernos en marcha, acompañados por el armonioso bramido de los ocho cilindros. Algo que se agradece ahora que no se puede correr; tenemos que contentarnos con la musicalidad tan bien afinada del V8.
Abandonado el tráfico urbano, en el que se aprecia la comodidad de la dirección de desmultiplicación variable, llega el momento de disfrutar de la conducción en carretera.
Lo primero que percibimos es que el motor está muy bien coordinado con el cambio automático de seis velocidades, con levas en el volante para uso manual y dos modos automáticos, confort y sport, que además modifica la respuesta del motor al acelerador, haciéndola más inmediata.
En cuanto al comportamiento, al derivar sus suspensiones de las del cupé XK, la impresión es muy positiva. Jaguar ha abandonado la morbidez de modelos como el S Type y XJ, a los que se les podría reprochar una falta de aplomo respecto a sus más directos rivales en estas exquisitas categorías. Es obvio que su escenario favorito son las carreteras rápidas, las de amplias curvas, en las que conductor y acompañantes apenas perciben otro sonido que el rugido del motor cuando apuramos las marchas al circular en el modo sport o al manejar el cambio manualmente impulsando las levas que hay tras el volante. Es muy estable y cómodo a la vez, aun cuando debemos tener en cuenta que la monta de neumáticos, en llantas de 18 pulgadas, tienen un perfil lo suficientemente bajo como para que las irregularidades pudiesen llegar al habitáculo.
Intachable. En carreteras más viradas el XF V8 no pierde tampoco la compostura. Es cierto que su tamaño juega en contra en los tramos más sinuosos, pero las suspensiones, con amortiguación activa CATS, trabajan a las mil maravillas, conteniendo perfectamente los balanceos, hecho que incrementa la confianza del conductor en esos primeros cientos de kilómetros de adaptación al coche. Además, una dirección muy bien tarada nos permite saber en todo momento por dónde van las ruedas delanteras, a las que siempre obedece un eje posterior tremendamente dócil.
Y para pararlo, los frenos están a la altura del vehículo y sus prestaciones, aunque a plena carga y si rodamos a ritmos “endiablados” bajando un puerto de montaña podemos apreciar leves síntomas de fatiga.
De cualquier modo, y aunque está autolimitado a 250 km/h de velocidad máxima, el XF V8 ronda ya los estándares de dinámica de conducción de un Clase E de la marca de la estrella. Quizás le falta un punto más de tacto deportivo para alcanzar a los BMW Serie 5 de potencias similares, pero sin duda no tiene nada que envidiar a un A6 o un Volvo S80, por citar a sus oponentes más directos.
Llegado el momento de valorar el equipamiento, es donde hay que poner una alta calificación a esta versión que está en el ecuador de la familia de motores de gasolina del nuevo XF.
Los dos niveles de equipamiento de la gama, Luxury y Luxury Premium, son muy parecidos: control de velocidad de crucero, sensor de parking, climatizador bizona, pantalla táctil multifunción, enlace Bluetooth para el teléfono.... La diferencia radica en la mejor calidad del cuero para el segundo -de piel granulada-, los 16 ajustes eléctricos para el asiento del conductor y 12 para el del pasajero, los espejos exteriores retráctiles con iluminación de bordillos, pero sobre todo, el navegador y un equipo de audio de 330 watios suministrado por el especialista Bower&Wilkins de excelente calidad, a la altura de los Mark Levinson que montan los Lexus mejor dotados. Este es, el Luxury Premium, el único grado de equipamiento para la motorización atmosférica de ocho cilindros en V, que apenas deja para el capítulo de opciones, como se puede ver en el cuadro adjunto, elementos “de capricho” como el control de crucero activo, el techo solar, el sintonizador de TV, el sensor de aparcamiento delantero o la cámara de retrovisión que se activa al engranar la marcha atrás.
Protagonista junto al deportivo XK del cambio de estilo de la nueva generación de modelos Jaguar, el XF V8 está obligado a hacerse un hueco entre las berlinas de lujo. Si hasta ahora poseer un Jaguar era un signo de diferenciación respecto a la abrumadora oferta de coches alemanes, el XF ofrece atributos como para no defraudar.