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COMPARATIVAS
Mazda6 2.0 CRTD Sportive / Subaru Legacy Bóxer Diesel Limited

RECETAS ORIENTALES
Han sido los últimos en subirse al tren de los motores diésel pero, cuando lo han hecho, han obtenido resultados muy buenos. Hablamos de los fabricantes venidos de oriente, las marcas japonesas que desde hace unos años ya no miran al mercado europeo con recelo, sino como un terreno muy propicio para extender sus líneas de negocio.
Ya dieron el primer paso amoldando sus diseños al gusto del viejo continente, pero la apuesta más importante se ha producido con la “dieselización” de su gama, elemento a todas luces indispensable para tener presencia en el mercado. Hemos elegido a Mazda y Subaru como dos representantes de las fábricas japonesas que han seguido caminos muy distintos pero que reflejan bien este proceso, casi obligado, de europeización. Y más en un segmento donde el Mazda6 y el Subaru Legacy se mueven en torno a berlinas generalistas muy bien asentadas como el Ford Mondeo, Renault Laguna, Peugeot 407, o Volkswagen Passat.

Deportividad a su manera. No cabe duda de que los modelos que aquí analizamos están sazonados con deportividad. Sin embargo, este ingrediente se introduce en diferentes momentos del cocinado. Si los primeros Mazda6 siempre se han caracterizado por un bastidor eficaz y un tono ligeramente deportivo, la nueva generación incide en mayor medida en una imagen agresiva, aunque no exenta de elegancia. El renovado frontal, así como un bloque muy compacto a pesar de sus generosas dimensiones, edulcorado con unas ópticas traseras muy llamativas, confieren a la berlina de Mazda un aire moderno y atractivo.
Por su parte, basta la sóla mención de la marca Subaru, con una larga trayectoria de éxitos en los rallies, para sentir esa deportividad intrínseca en mayor o menor medida en sus modelos. El Legacy, a priori, parece más burgués pero depende mucho del lado por el que se mire. Delante tiene similitudes con el más popular Impreza, y la toma de aire en el capó es un homenaje a sus coches de competición. Su carrocería de cuatro puertas es más discreta que la del Mazda, y la zaga es más clásica, aunque la doble salida de escape pone un punto picante.

Ambos fabricantes han logrado dotar a sus berlinas de unos chasis bien calibrados, que inciden en una conducción fácil y que incluso permiten disfrutar de una conducción rápida siempre que las condiciones de la carretera lo permitan, si bien los primeros kilómetros con uno y otro transmiten sensaciones totalmente diferentes. El Mazda parece, y sin duda lo es, más durito de suspensiones que su compatriota nipón. En carreteras con firme en perfecto estado es totalmente efectivo, con un aplomo encomiable y un guiado del eje delantero muy preciso. Ante asfalto bacheado apenas cesa su efectividad, pero sí ve mermada la comodidad de sus ocupantes ya que los amortiguadores transmiten estas irregularidades al habitáculo.
Por el contrario, la primera impresión tras intercambiar rápidamente puesto de conducción con el Subaru es que sus tarados son demasiado blandos. Es algo que también hemos comprobado en otros vehículos de la casa, sobre todo si se tiene la oportunidad de hacer el mismo recorrido con uno y otro automóvil. Es una percepción clara y evidente, como lo es también su excelente comportamiento sin que esta característica implique para nada algo de inestabilidad. Para la versión diésel se han reajustado los tarados de la suspensión delantera debido al mayor peso del propulsor de gasóleo respecto del gasolina. Lo cierto es que de esa suavidad en el primer recorrido del amortiguador ni nos acordamos, ni siquiera en los apoyos más fuertes. Además, aquí entra en escena otro ingrediente específico de Subaru: la tracción total. Un elemento que marca distancias con el buen hacer del Mazda. Con éste último se puede ir rápido con seguridad, pero nunca con el plus de tener cuatro ruedas aferradas a la carretera como sí ocurre con el Legacy. Soberbio en este sentido, sobre todo en un puerto de montaña donde los desvaríos de la conducción son corregidos primero por la tracción total antes que de que las ayudas electrónicas a la conducción se hagan notar. En el Mazda6 el control de tracción y estabilidad tampoco son intrusivos, pero siempre actuarán antes que en su rival.
Las dirección de ambos nos han parecido bien calibradas. La del Mazda es mucho más directa, cualquier insinuación sobre el volante hace cambiar la trayectoria. La del Subaru cuenta con menor desmultiplicación y para maniobrar necesita de más vueltas, pero su feeling es incluso mejor. Además, el tacto de pedales y palanca de cambios se mueven en el mismo sentido: buen tacto y progresividad de gas y freno, y cambio de marchas rápido. En el Mazda estos elementos están impregnados de mayor deportividad, con recorridos más cortos del selector de cambio amén de una precisión excelente, aunque con un manejo de pedales y palanca más duros.


Especie única. Siendo casi un desconocido para muchos y apartado de la lucha entre las berlinas diésel, el Legacy ahora sí que puede plantar cara a todos ellos y además con unas armas tanto o más efectivas: su bóxer diésel. Ya decíamos antes que su tracción total se desmarca de lo habitual, pues aquí viene de serie y en los pocos rivales que la pueden montar se paga aparte. Con el motor sucede algo parecido, pues nadie se había apartado de lo habitual, de los cuatro cilindros en línea. Subaru lo hace con gran acierto, se apoya en su larga experiencia con motores bóxer de gasolina trasladada al gasóleo.
Los pistones horizontalmente opuesto moviéndose al unísono anulan casi por completo las vibraciones, hasta el punto de que ni siquiera cuenta con eje de equilibrado. Al ralentí estamos ante un diésel al uso, su rumorosidad no es muy alta pero le delata. Pero una vez alcanza cierta velocidad de giro, el bóxer es una delicia por suavidad de funcionamiento, ausencia de vibraciones y ruidos -al nivel del bóxer de gasolina-, y un golpe de gas contundente desde muy abajo al alcance de pocos propulsores del segmento.
El motor diésel del Mazda6 es conocido de la generación anterior aunque con modificaciones para reducir sus emisiones de CO2 y situarse en la franja del 4,75% del nuevo impuesto de matriculación. Por el camino ha perdido tres caballos y algo de empuje -el par también es menor- a costa de un consumo ligeramente mejor y un refinamiento de marcha superior. El binomio prestaciones-consumo es muy equilibrado, pues el motor es capaz de mover al coche con gran soltura, la rumorosidad ha mejorado respecto a su predecesor, y se configura como un gran rodador. A pesar de la buena respuesta en regímenes bajos y medios, su caja de cambios de seis marchas tiene una relación final larguísima (a 2.500 rpm roza los 150km/h), por lo que a menudo deberemos bajar una marcha para obtener el brío necesario.
El Subaru lleva a priori el lastre de un cambio de cinco velocidades y de la tracción total. No obstante, el consumo que hemos obtenido ha sido sorprendente, como muestra el cuadro de prestaciones, y su rendimiento excepcional, sobre todo en aceleración. Recuperando, y dependiendo de la velocidad, el Mazda hace valer su cambio de seis marchas y es algo superior. Pese a todo, esa sexta adicional que no tiene el Legacy se echa en falta menos de lo esperado a tenor de la buena respuesta del motor y de una quinta larga que no desmerece a la hora de viajar.

Buena compra. La puesta al día del Legacy en términos de acabados -su interior está bien rematado aunque aún un punto por detrás del Mazda-, así como la introducción del primer motor bóxer diésel de la casa, le convierten en un producto que no por ser desconocido deja de ser interesante. Es más, creemos que su lugar en el mercado debería estar más arriba. Desde el nivel básico el equipamiento es muy correcto -nosotros hemos probado la versión intermedia-, ofreciendo de serie faros de xenón, control de velocidad de crucero, el asiento eléctrico para el conductor, etc. aunque hay lagunas destacables como el sensor de lluvia, el autoencendido de luces, o la posibilidad de abatir los asientos traseros, además de una dotación cerrada a pocas opciones. Su habitabilidad está por debajo de la media, sobre todo en la cota de anchura trasera (atención al acceso a las plazas traseras, entorpecido por el montante de la pequeña ventana trasera) y capacidad de maletero cuyos 433 litros, ante los excelentes 510 litros del Mazda, poco pueden hacer.


El Mazda es bastante más generoso con sus ocupantes como reflejo de un tamaño exterior también sensiblemente más grande que el Legacy. Bien equipado, y sin las lagunas mencionadas de su rival, es un producto totalmente recomendable y con un precio competitivo en la versión intermedia analizada.
En conclusión, Mazda propone un producto más equilibrado y sin puntos flacos importantes, capaz de cubrir mayores necesidades de espacio y con un aliciente estético importante. El Subaru es un automóvil más dirigido al cliente que busca algo diferente, quizá con más puntos débiles -habitabilidad trasera y detalles de equipamiento- pero también con importantes extras exclusivos de Subaru, como su excelente transmisión integral o el bóxer diésel que tan buena impresión nos ha dejado.

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